La frescura de mis veinte años no debería ser condenada a su marchite.
Hoy miro a través de cristales verdes de destellos grises, con la esperanza puesta al cielo;
reconozco y dejo correr la vida en mil venas.
Lo rosado en las mejillas con la calidez de la piel. La pasión absurda.
Vanidad gigantesca que pongo junto a mis nulos talentos.
Y me desnudo frente al espejo.
Veo mi piel, clara y suave.
Mi cabello que cae y rosa mis hombros ¡me encanta! Huele a haba tonka, vainilla y praliné.
Mi pecho brilla.
Los kilos de sobra -que odio- no me estorban por un momento.
Y me digo: ¡ERES HERMOSA, COÑO! ¡QUE LAS LENGUAS SE AGITEN!
Y a los tiranos que les den por culo.
A los que niegan su propio lenguaje también.
Y oro por un nuevo despertar.
De días jóvenes. De noches largas.
Ya sea de dicha o dolor pero con mensaje siempre, hasta en los pequeños detalles.
Oro para que el entorno cambie.
Porque no se pierda el tiempo en pensar que tenemos el mañana asegurado para amar(nos).
No es así.
Oro porque cada individuo se aprecie en forma cualquiera,
con su frescura de veintes, treintas y hasta cientos.
Que se estremezcan con su particular belleza.
Para que ya no esté mal
hablar bien de uno mismo.
